sábado, 14 de marzo de 2009

Cuando la ambición se convirtió en soledad (I)


Había una vez un Rey que, de la mano de sus pequeñas princesas, consiguió construir un castillo. Era un castillo de pequeñas dimensiones, pero de una grandeza immensa en su interior. Un castillo mágico lleno de buenas palabras, de lugares secretos, de grandes consejos… Un castillo lleno de vida. Un castillo que, con esfuerzo e ilusión, conseguía ir creciendo día a día. Rey y princesas luchaban unidos por un proyecto común: vivir intensamente y mantenerse unidos para conservar la fortaleza de aquel castillo.
Pero años más tarde, un día llamó a la puerta una doncella. Decía haber huído de su palacio porque un malvado caballero no le dejaba construir una torre más alta desde la que poder ver la luna en todo su esplendor. El Rey le abrió las puertas del castillo. Y pensó que aquella doncella de grandes aspiraciones podría enseñarle muchas cosas a sus princesas. Pero en algo se equivocó. Una semana después llegó otra doncella, a la que el Rey dejó pasar. Y otra más un mes más tarde. Y poco a poco el castillo se fue llenando de doncellas de grandes aspiraciones.
El Rey, día a día, escuchaba embelesado a aquellas doncellas, que le aconsejaban construir, cuanto antes mejor, ventanas más grandes y torres más altas en el castillo. Y el Rey se fue cegando al pensar que, con grandes ventanales, su habitación quedaría bañada por los rayos del sol durante el día. Y que, con torres más altas, quizá conseguiría alcanzar la luna al anochecer.
Llamó a los mejores constructores del reino y pidió que aquel castillo se convirtiera en el mejor castillo. Y a pesar de que las princesas le aconsejaron que si lo hacía precipitadamente los cimientos del castillo peligrarían, el Rey ya estaba demasiado obcecado pensando en las futuras vistas como para escucharlas y poderlo entender.
Las princesas, a pesar de ver cuán absurdo era todo aquel asunto, siguieron a su lado porque durante años habían vivido con aquel Rey de buenas intenciones al que seguían queriendo. No sin embargo las doncellas de grandes aspiraciones, a las que rápidamente aquel castillo se les hacía pequeño y escapaban a palacios mayores.
Con tantas entradas y salidas de doncellas de grandes aspiraciones, durante meses y meses el castillo estuvo a medio construir. Pero el Rey, cada vez más obstinado, sólo hacía que subestimar las opiniones de sus princesas y buscar doncellas en reinos lejanos que le aconsejaran como engrandecer su castillo.
Y así fue como tras miles y miles de intentos, finalmente las princesas, al ver que aquel ya no era su castillo, ni aquel su Rey decidieron, con lágrimas en los ojos, abandonar aquel reino.

Y hoy, todavía con el corazón partido, esta princesa ve como aquel Rey que un día fue su amigo, ya no sabe ser feliz con las pequeñas cosas del día a día. Solamente ve a un Rey, cada vez más solo que, si no llega nunca a alcanzar aquel objetivo de doncellas de grandes aspiraciones, habrá llevado una vida carente de sentido…

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Bueeeeeeno, vaaaaale, me conformaré con mi piso aunque sea pequeño y ayer cuando vinieron mi amigos estuviéramos "apretujaos", jajaj

P.D Sé que el cuento no va por mí, pero me lo he aplicado igualmente, yo es que soy así de "chula" jeje

Yo dijo...

Jajaja! Sí, no iba por ti. Pero bueno, la "moraleja" en sí es aplicable a todos y a todo ;)
Piensa que cuanto más pequeño el piso, menos hay para limpiar! jejeje