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domingo, 18 de octubre de 2009

Bolsa caca: incoherencia absoluta


Hace dos dias fuí al CC Gran Via 2 y, después de comprar algunas cosas en varias tiendas, entré al Carrefour.
Carrefour, pensando en reducir los residuos del Medio Ambiente (eso es lo que dicen...), ha tenido la idea de eliminar las bolsas de plástico de su línea de cajas (bajo el lema "Bolsa caca"). Idea que me parecería genial si se llevara a cabo con un poco de coherencia.
Porque, lo que me parece absurdo, es que no te den una bolsa de plástico al hacer tu compra (si la pagas, si te la dan –¡viva la crisis!-), cuando al entrar al supermercado te obligan a precintar en UNA BOLSA DE PLÁSTICO ENORME -o en dos o en tres, dependiendo de los paquetes- todas las compras que lleves de otras tiendas, que ya van en bolsas (que, por cierto, suelen ser de papel).
Estas bolsas de plástico enoooormes, además, suelen ir directas a la papelera normal que hay justo al lado de la salida de cajas, mezclándose con el resto de residuos de cualquier tipo. Porque, o no tienen o están muy escondidos, no hay contenedores de plástico en todo el Centro Comercial.
A Carrefour, con esta medida, se le ve el plumero empresarial por todos lados. Si es verdad eso de que pretende que preservemos el Medio Ambiente (cosa que me parece muy lógica) que nos dé alternativas –como mínimo- coherentes con lo que ofrece.

lunes, 12 de octubre de 2009

Llorar


Llorar siempre se ha considerado algo así como un signo de debilidad. Quizá por eso cueste tanto trabajo hacerlo o, más bien, hacerlo en público.

Sin embargo, llorar es casi una de las primeras cosas que aprendes en la vida. Cuando todavía eres un niño lloras espontáneamente, no te fijas en si hay alguien que te está mirando o en lo que deben pensar. Lo haces sin más, porque lo necesitas en aquel momento. Al llorar, expresas tu preocupación, tu rabia o tu tristeza de aquel momento. Al hacerlo, enseguida te liberas y eres capaz de volver a reir y seguir jugando como si nada hubiera pasado. Sin embargo, con los años, uno pierde esa espontaneidad. Quizá por la tan repetida frase de alguien cercano que te va diciendo: “venga, no llores; deja de llorar, que no ha sido nada”.

Hace poco leí un artículo que decía: “Las lágrimas que no salen se depositan en el corazón, con el tiempo lo van recubriendo y paralizando, así como el sarro recubre y paraliza los engranajes de una lavadora”. ¿Por qué, entonces, reprimimos esa forma natural de expresarnos? ¿Por qué nos da vergüenza que alguien nos vea llorar? ¿Por qué nos sentimos algo así como “culpables” al hacerlo?

Deberíamos volver a ser niños más a menudo y dejar que, cuando realmente lo necesitáramos, fluyeran las lágrimas con naturalidad. Estoy segura que nos sentiríamos más relajados, tranquilos y, sobretodo, liberados emocionalmente.

sábado, 25 de julio de 2009

Si el roce hace el cariño, ¿la distancia es el olvido?


Las relaciones se fortalecen compartiendo. Compartiendo el día a día, compartiendo conversaciones, risas, llantos, viajes, sueños, historias buenas y malas… Compartiendo la vida, al fin y al cabo.

¿La distancia es, entonces, enemiga de las relaciones?

Porque la vida sigue y no se para para nadie. Y a pesar de extrañar y de seguir queriendo a esas personas con las que tanto has compartido, nadie es imprescindible. Y poco a poco (y con gran esfuerzo), te acostumbras a la nueva situación y, casi sin darte cuenta, empiezas a compartir tu día a día con otras personas. Y cada vez tienes menos la necesidad de recurrir a aquellos que están lejos, que un día decidieron continuar su vida en otro lugar.

Y, si te paras a pensarlo, te entristeces. Porque, en parte, no te gusta ese sentimiento. Porque “no necesitarlos” conlleva una separación. Porque recuerdas todo lo vivido y, aunque a veces desearías que todo fuera como antes, sabes que eso ya no es posible, que las cosas han cambiado.

En realidad para llegar a ese “no necesitarlos” has tenido que luchar, que ser fuerte, que aprender a vivir sin ellos. Algo que no ha sido nada fácil.

Y ahora que ya no sientes esa “dependencia” empiezas a notar que la relación, inevitablemente, se convierte en un distanciamiento…

sábado, 16 de mayo de 2009

¿Qué tienen las miradas?


Ahora que llega el veranito y el sol comienza a molestar, la gente empieza a ponerse gafas de sol. Cuando tengo una conversación con alguien que lleva las gafas de sol puestas me resulta bastante incómodo no ver su mirada. Me cuesta saber si me está escuchando de verdad, qué me está queriendo transmitir, cuál es su reacción ante mis palabras, si sus respuestas son sinceras... Puedo mirar su boca (a parte de que me encantan las bocas, éstas dicen muchas cosas según como se mueven), pero no es lo mismo que una mirada. Y es más, si yo también llevo las gafas de sol puestas, me siento incómoda conmigo misma y me las quito para seguir charlando con naturalidad. A veces una mirada dice muchas más cosas que una larga explicación, no creeis?
Siempre he pensado que si tuviera que perder algún sentido que, por favor, no fuera la vista. Podría vivir sin oír, pero no sin mirar…
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Salveu-me els ulls quan ja no em quedi res.
Salveu-me la mirada, que no es perdi.
Tota altra cosa em doldrà menys, potser
perquè dels ulls me'n ve la poca vida
que encara em resta i és pels ulls que visc
adossat a un gran mur que s'enderroca.
Pels ulls conec, i estimo, i crec, i sé,
i puc sentir i tocar i escriure i créixer
fins a l'altura màgica del gest,
ara que el gest se'm menja mitja vida
i en cada mot vull que s'hi senti el pes
d'aquest cos feixuguíssim que nok em serva.
Pels ulls em reconec i em palpo tot
i vaig i vinc per dins l'arquitectura
de mi mateix, en un esforç tenaç
de percaçar la vida i exhaurir-la.
Pels ulls puc sortir enfora i beure llum
i engolir món i estimar les donzelles,
desfermar el vent i aquietar la mar,
colrar-me amb sol i amarar-me de pluja.
Salveu-me els ulls quan ja no em quedi res.
Viuré, bo i mort, només en la mirada.
Miquel Martí i Pol

martes, 21 de abril de 2009

“Una cosa es creer que estás en el camino acertado y otra es pensar que tu camino es el único”. Paulo Coelho


A veces en educación (y en otros muchos terrenos de la vida) tendemos a defender nuestros ideales como únicos. Escogemos un modelo, una corriente, un sistema… (llamádlo como querais) y lo defendemos hasta morir. Aquello que aprendimos en un momento determinado, y con lo que nos sentimos identificados, es el único camino posible. Porque, por ejemplo, un día “tal eminencia”, lo dijo y si lo dijo “tal”, que sabe mucho de esto, hay que hacerlo. Y ya nos da igual quien tengamos delante. Nos quedamos con la idea básica de lo que dijo “tal” y la defendemos. Pero pronto se nos acaban los argumentos porque, en realidad, sólo lo hacemos porque lo dijo “tal”, que sabe mucho.

¡¡Por favor, seamos coherentes!! No existe un solo camino. Existen mil senderos para llegar al refugio del bosque. Existen miles de modelos, de corrientes, de sistemas… tantos como cabezas pensantes. Sí, estoy de acuerdo, coge aquel con el que te sientas más identificado, con el que trabajes mejor, pero ¡¡piensa que existen muchos otros!! Y que puedes coger lo mejor de cada uno de ellos. Y que lo mejor para ti, no tiene porqué ser lo mejor para otro.

¿Por qué ser tan extremistas? ¿A qué nos lleva? ¿Qué conseguimos defendiendo una idea hasta la saciedad? Una idea que, además, no es nuestra. ¿Por qué no acoger todas las ideas? ¿Dónde está el consenso? ¿Dónde se queda el respeto por el otro? ¿Dónde queda la escucha activa? ¿Por qué nos cuesta tanto saber escuchar a los demás? Gastamos tanta energía transmitiendo nuestras ideas, estamos tan pendientes de nuestras propias palabras e ideales, que perdemos la esencia de la comunicación: poner en común y compartir con los demás. No es lo mismo oir que escuchar. Y escuchar requiere un esfuerzo. Deberíamos, entonces, aprender a situarnos en el lugar del otro, ¿qué opinas? ¿Te subes al carro de la empatía?

sábado, 29 de noviembre de 2008

¿Navidad o Vanidad?


Pronto nos comeremos las castañas bajo el árbol de Navidad…
Todavía falta más de un mes para las fiestas ¡¡y ya están las luces encendidas en todas las calles!! Qué triste que esta celebración se haya convertido en un acto consumista… En cuanto se encienden ¡a la gente le entra una agitación enfermiza en torno a las cosas materiales!
Deberíamos llevar cuidado; no vaya a ser que con tanto regalo, nos quedemos más vacios que antes.

domingo, 16 de noviembre de 2008

El beso

René Magritte


Recuerdo la primera vez que vi este cuadro: fue en un libro de literatura española, cuando iba al instituto. Lo ví y me impacto.

Son muchas las interpretaciones que se pueden sacar de él.

¿El amor en estado puro? Ese que no requiere conocer el rostro de la otra persona, sino la necesidad de sentir que está junto a ti. Un beso que no ve, pero que siente.

¿El amor ciego? En el que sólo existen ellos, en el que el corazón sólo ve lo que quiere ver, en el que sólo existe su realidad inventada. Un amor quizá que de tan ciego ¿ahoga?

¿El dolor de los amantes? Que se aman sin poder amarse. Que se tocan sin poder tocarse. Esa dualidad entre la vida escondida que pretenden llevar y la vida que se les hace prohibida.

Quizá Magritte pretendía que todos nos identificaramos en ese cuadro, de una manera u otra. Pues el retrato de un rostro puede parecerse sólo a unos pocos, mientras que unos rostros tapados pueden parecerse a todos.

Yo os lo dejo aquí, para que cada cuál lo haga suyo a su manera…