
Llorar siempre se ha considerado algo así como un signo de debilidad. Quizá por eso cueste tanto trabajo hacerlo o, más bien, hacerlo en público.
Sin embargo, llorar es casi una de las primeras cosas que aprendes en la vida. Cuando todavía eres un niño lloras espontáneamente, no te fijas en si hay alguien que te está mirando o en lo que deben pensar. Lo haces sin más, porque lo necesitas en aquel momento. Al llorar, expresas tu preocupación, tu rabia o tu tristeza de aquel momento. Al hacerlo, enseguida te liberas y eres capaz de volver a reir y seguir jugando como si nada hubiera pasado. Sin embargo, con los años, uno pierde esa espontaneidad. Quizá por la tan repetida frase de alguien cercano que te va diciendo: “venga, no llores; deja de llorar, que no ha sido nada”.
Hace poco leí un artículo que decía: “Las lágrimas que no salen se depositan en el corazón, con el tiempo lo van recubriendo y paralizando, así como el sarro recubre y paraliza los engranajes de una lavadora”. ¿Por qué, entonces, reprimimos esa forma natural de expresarnos? ¿Por qué nos da vergüenza que alguien nos vea llorar? ¿Por qué nos sentimos algo así como “culpables” al hacerlo?
Deberíamos volver a ser niños más a menudo y dejar que, cuando realmente lo necesitáramos, fluyeran las lágrimas con naturalidad. Estoy segura que nos sentiríamos más relajados, tranquilos y, sobretodo, liberados emocionalmente.
Sin embargo, llorar es casi una de las primeras cosas que aprendes en la vida. Cuando todavía eres un niño lloras espontáneamente, no te fijas en si hay alguien que te está mirando o en lo que deben pensar. Lo haces sin más, porque lo necesitas en aquel momento. Al llorar, expresas tu preocupación, tu rabia o tu tristeza de aquel momento. Al hacerlo, enseguida te liberas y eres capaz de volver a reir y seguir jugando como si nada hubiera pasado. Sin embargo, con los años, uno pierde esa espontaneidad. Quizá por la tan repetida frase de alguien cercano que te va diciendo: “venga, no llores; deja de llorar, que no ha sido nada”.
Hace poco leí un artículo que decía: “Las lágrimas que no salen se depositan en el corazón, con el tiempo lo van recubriendo y paralizando, así como el sarro recubre y paraliza los engranajes de una lavadora”. ¿Por qué, entonces, reprimimos esa forma natural de expresarnos? ¿Por qué nos da vergüenza que alguien nos vea llorar? ¿Por qué nos sentimos algo así como “culpables” al hacerlo?
Deberíamos volver a ser niños más a menudo y dejar que, cuando realmente lo necesitáramos, fluyeran las lágrimas con naturalidad. Estoy segura que nos sentiríamos más relajados, tranquilos y, sobretodo, liberados emocionalmente.
2 comentarios:
No és fàcil,no. I com més gran et fas pitjor...
Potser hem d'esperar a passar aquella edat en què allò que opini la resta de gent de tu ja no t'importa i, com els nens, tornes a expressar les emocions espontàniament.
El temps ens ho dirà! ;)
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